Era un viernes por la noche, como tantos durante mi época universitaria. Nos reunimos en el taller de pintura de mi padre, Mario Cisternas. Allí, entre amigos, discípulos suyos, invitados y personajes de distintas generaciones tomábamos vino y fumábamos, era una pequeña gestalt. Nos sentamos alrededor suyo y nos leyó “Walking Around”, un poema de Pablo Neruda del libro Residencia en la tierra II, escrito entre 1933 y 1935.
La lectura fue una actuación hipnótica con voz de actor de teatro, ya que en su juventud había sido acomodador del teatro Municipal y se impregnó de las interpretaciones que ahí vivió repetidas veces. Nos envolvió e hizo viajar a la mayoría. Cada uno construyó y recorrió esa ciudad inhóspita, y alienante hasta el tedio. La voz iba exaltando en mi la semántica del poema acompañada del histrionismo del lector. Estos son algunos fragmentos:
Sucede que me canso de ser hombre.
Sucede que entro en las sastrerías y en los cines
marchito, impenetrable, como un cisne de fieltro
navegando en un agua de origen y ceniza.Sin embargo sería delicioso
asustar a un notario con un lirio cortado
o dar muerte a una monja con un golpe de oreja.
Sería bello ir por las calles con un cuchillo verde
y dando gritos hasta morir de frío.No quiero seguir siendo raíz en las tinieblas,
vacilante, extendido, tiritando de sueño.Por eso el día lunes arde como el petróleo,
cuando me ve llegar con mi cara de cárcel,
y aúlla en su transcurso como una rueda herida,
y da pasos de sangre caliente hacia la noche.Y me empuja a ciertos rincones, a ciertas casas húmedas,
a hospitales donde los huesos salen por la ventana,
a ciertas zapaterías con olor a vinagre,
a calles espantosas como grietas.
Terminó la lectura con las palabras “Lentas lágrimas sucias”. Luego vinieron los aplausos por la revelación e interpretación de mi padre. Continuó la conversación entorno a “Walking Around”, algunos ya lo conocían, conversamos de otras cosas, más vino poesía y virtud. Ese poema me hizo sentir cada una de sus imágenes, con su ritmo de martillo.
Nunca más volvería a caminar por el barrio Brasil sin sentir el poema. Podía percibir esa atmósfera en momentos de hastío de finales de otoño. En mi habitación había una lámpara y libros, y cuando llovía las goteras rebotaban en las ollas sobre los pies de la cama. La vista daba a la calle de una casa antigua estilo poscolonial de adobe, con un bello pasado.
No era una pensión con nombre, había llegado hasta ahí preguntando por la calle, en los comercios de los alrededores. La elegí porque me quedaba a un par de cuadras de la Universidad. Fue la primera vez que viví solo, sin nadie conocido, otros pasajeros con destinos diferentes donde coincidimos.
Era una casa oblonga que tenía dos patios interiores con baldosas cuadriculadas, blanco con negro rodeada por cristaleras, de madera pintada de blanco, que se transformaba en un pasillo con un cuarto entre los patios. Las habitaciones estaban dispuestas a los costados. Había plantas y en el centro el desagüe, era a cielo descubierto, para terminar en un patio largo de unos 100 metros con dos pequeños perros que eran una pareja, Socías y Juanita. Él era de color negro, ella más pequeña de color blanco y ocre, ambos de patas cortas. Parecían perros de circo, muy entusiastas.
Al aparecer por el porche, como un rito, los dos perros me traían la pelota de goma. Se las tiraba lo más lejos posible, hasta la higuera del fondo, ellos corrían como perros de caza. Él siempre llegaba primero a la pelota porque era más grande y rápido, pero al cogerla ella le hacía unos movimientos corporales que despertaban la libido del perro, terminaba soltando la pelota por el entusiasmo. Ella recogía la presa y me la traía, una y otra vez el mismo final. Me fui de esa casa porque la demolieron para construir un edificio. Así el barrio Brasil, sufrió de la falta de protección del patrimonio, el costo del progreso.
El poema “La ciudad” de Konstantino Kavafis me lo encontré unos años más tarde cuando estaba haciendo mi práctica profesional como redactor en una empresa de diseñadores, trabajo que conseguí gracias a un tío, después de agotar los contactos. Ese otoño nos separamos con la madre de mi hija, y las cosas estaban confusas. Había sido expulsado del paraíso, arrastraba una familia rota y mi corazón herido. Fui a parar de allegado a la casa de los padres de un amigo que vivía al otro lado de la ciudad, en la ciudad satélite, Maipú. Vivíamos en la casa del patio, había que pasar por un estacionamiento donde vivía, Pimpi, un perro malas pulgas, gordo y viejo, que me perseguía gruñendo para morderme. Nunca me atrapó.
En los largos viajes de ida, desde Maipú al trabajo en Pedro de Valdivia, leía en la micro. La mayoría de las veces viajaba de pie y la distancia podía alargarse más de una hora y media en la hora del taco. Los viajes de regreso del trabajo eran en el crepúsculo hasta llegar al anochecer con las luces de la ciudad encendidas. El invierno avanzaba y la ciudad me mostraba la realidad del transporte público, saturado, asfixiante y sudoroso. Los vidrios se empañaban por el calor del conjunto y cubrían de gotas las ventanas, lo que aliviaba la falta de calefacción pero no el olor. La gente durmiendo, otros leyendo, algunos escuchando música, aún no se había masificado el celular, era mejor para los que iban sentados soñar.
A finales de mes, nos juntamos en providencia con mi compadre para darnos un homenaje con la paga de redactor. Nos comíamos un sándwich y algunas varias cervezas para celebrar la vida que llevábamos en precario equilibrio, éramos jóvenes. Volvíamos a su casa cuando ya había pasado la hora punta del tráfico, y podíamos irnos sentados, lo que era un lujo. Ese año pase de la escritura a la fotografía, esa es otra historia que ya contaré. En esa época mi madre me prestó en uno de mis viajes a la costa, El jardín de al lado de José Donoso. El epígrafe comenzaba con el poema “La ciudad” de Konstantin Kavafis:
Dices: “Iré a otra tierra, hacia otro mar,
y una ciudad mejor con certeza hallaré.
Pues cada esfuerzo mío está aquí condenado,
y muere mi corazón
lo mismo que mis pensamientos en esta desolada languidez.
Donde vuelvo los ojos solo veo
las oscuras ruinas de mi vida
y los muchos años que aquí pasé o destruí”.No hallarás otra tierra ni otro mar.
La ciudad irá en ti siempre. Volverás
a las mismas calles. Y en los mismos suburbios llegará tu vejez;
en la misma casa encanecerás.
Pues la ciudad es siempre la misma. Otra no busques -no la hay-
ni caminos ni barco para ti.
La vida que aquí perdiste
la has destruido en toda la tierra.
No terminé de leer ese libro, me pasaba el tiempo pensando y escribiendo poemas con la intención de cambiar de vida, de ciudad, esperando lo que llegaría años más tarde. Ahí nuevamente la ciudad iría siempre en mí, unos meses antes yo había escrito:
Otoño 26 de abril 1995
Nuevamente, el viento sopla con fuerza, levantando hojas, papeles y envoltorios plásticos en sucios remolinos. En la estación de trenes llega el tercer tren de la tarde, y aún no he decidido hacia dónde ir. Inmóvil, contemplo a la gente. Su ritmo es frenético en comparación con mi reloj que atrasa y atrasa; hay encuentros fugaces de parejas, abrazos rápidos, miradas cargadas de otros lugares. Todos parecen tener un lugar al que dirigirse. Sigo pensando a dónde ir, espero una señal, mientras en una banca del costado del interior de la estación un guardia despierta a un vagabundo y lo expulsa.
No quiero volver a verte por aquí de nuevo…
El vagabundo se va lentamente y desaparece resignado, del otro lado en los andenes los pasajeros descienden del tren. Pienso que los trenes, son cinemáticos, recorren su trayecto fotograma a fotograma, mostrando el paisaje en movimiento. Me pregunto mirando las figuras bajar y avanzar hacia la salida: ¿De dónde vienen y hacia dónde van? ¿Habrá alguien esperándolos?
En mi mente, trazo un mapa de colores que definen los puntos cardinales. Al norte, amarillo, el desierto pétreo, escultóricas rocas profundas, ondulantes, los ocres del paisaje infinito estrellado. Al sur, verde, con sus bosques impenetrables, selvas húmedas, lagos, montañas y volcanes nevados. Al poniente, azul, la costa infinita, el mar inquieto, las nubes pintadas de rojo, los arreboles del ocaso y los pájaros que surcan el horizonte. Y al oriente, blanco, la cordillera imponente, ríos que descienden y montañas que, quizás, ocultan una isla para habitar.
De pronto, la indecisión se ve de color verde, pero se acerca el invierno. ¿Estoy preparado para el desierto? ¿El desierto es sólo un paisaje o un estado de ánimo? Me acerco a las taquillas del tren, tengo un destino y el ticket en la mano.
Los paraísos artificiales los guardé en el cajón del velador. El vino se secó en la copa, dejando su costra oscura y los rodales en la mesa. Solo llevo mi cámara fotográfica, mi cuaderno de campo y algunos recuerdos, el resto a quien corresponda. El pitido del tren suena, me siento con mi boleto de ida.
Con el poema “La ciudad” a cuestas, me tomaría aún algunos años más poder cambiar de país. De momento continúe leyendo el libro de Donoso, como dije anteriormente no lo terminé, pero recuerdo el protagonista de la novela Julio Méndez, un escritor chileno en el exilio, que busca reconocimiento, quiere escribir la gran novela chilena sobre el golpe militar, hablando de sus seis días de encarcelamiento. Enfrenta el rechazo de su agente literaria, Nuria Moclús, y esto provoca su resentimiento y frustración. Lo que desemboca en un bloqueo creativo y finalmente el fracaso producto de su envidia.
Desprecia el fenómeno del boom latinoamericano de la cual forman parte Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez y al inventado Marcelo Chiriboga, personaje ficticio que fue creado por José Donoso y retomado por Carlos Fuentes y otros autores, como el mítico personaje de la literatura ecuatoriana. Julio los considera como un invento de oportunistas, apuntando directamente contra Nuria Moclús y los editores catalanes, que le dan al público europeo la versión que estos esperan de una Hispanoamérica folklórica y mágica, como Cien años de soledad. Un amigo de Julio Méndez, Pancho Salvatierra, le presta su casa en Madrid mientras él se va de vacaciones. Es un piso lujoso, situado en una de las mejores zonas de la ciudad, muy lejos del austero día a día que Julio y su mujer, Gloria, soportan en España. La pareja atraviesa una crisis matrimonial, marcada por el desgaste de los años y las tensiones económicas que han agriado su relación. Lo que antes fue complicidad y deseo ahora es apenas una convivencia silenciosa y llena de reproches.
Desde una ventana de la casa, Julio descubre el jardín de al lado, un espacio casi irreal en su perfección. Allí, una joven mujer casada se baña en una piscina cristalina, el agua reflejando su piel tersa y el brillo de una juventud que para Gloria es ya un recuerdo lejano. Mientras espía las idílicas escenas del jardín, Julio no puede evitar evocar la casa de sus padres en Chile, donde bellezas rubias tomaban el sol despreocupadamente en lo que parecía una eterna primavera. Aquel jardín y su esplendor le recuerdan lo perdido: no solo la juventud de Gloria, sino también la vida de privilegios que quedó atrás.
En ese entonces la novela se alejaba de mi realidad, yo luchaba en la ciudad por tener un lugar donde vivir y regresé a mi barrio en primavera. Julio Méndez, para mí se victimizaba de su suerte y de no pertenecer al boom, sueña con el éxito y la fama. Me parecía superficial su posición llena de posibilidades. Días antes de perder el libro, premonitoriamente le había arrancado el epígrafe de Kavafis, “La ciudad”.
Hace unos años, recorriendo las calles de Lisboa, me encontré en un bar con el poema “Tabaquería” de Álvaro de Campos. Entendí algunas cosas del portugués, pero quería leerlo en castellano, lo googleé y lo leí, me atrapó desde el principio hasta el final. En el transcurso de la lectura iba imaginando cada escena y pensamiento del poema. Habían pasado más de veinte años desde que descubrí “Walking Around” y “La ciudad”, que me han acompañado todo este tiempo sin martirizarme, son poemas que son parte de mi imaginario.
“Tabaquería” fue una sorpresa. No pude dejar de asociarlo con los dos poemas anteriores, era una reflexión más profunda y madura, introspectiva, un soliloquio existencial lleno de certezas que siguen siendo dudas en un hombre maduro. El protagonista tiene todos los sueños del mundo.
¿Genio? En este momento
Cien mil cerebros se piensan en sueños genios como yo,
Y la historia no señalará, ¿quién sabe?, ni a uno,
No habrá sino un muladar para tantas futuras conquistas.
No, no creo en mí.
¡En todos los manicomios hay tantos locos deschavetados con
tantas certezas!
Yo, que no tengo ninguna certeza, ¿soy más cierto o menos cierto?¿En cuántas buhardillas y no buhardillas del mundo
No están en esta hora genios-para-sí-mismos soñando?
¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas—
Sí, verdaderamente altas y nobles y lúcidas—,
Y quién sabe si realizables,
¿Nunca verán la luz del sol real ni hallarán oídos de nadie?El mundo es de quien nace para conquistarlo
Y no para quien sueña que puede conquistarlo, aunque tenga razón.Hice de mí lo que no supe,
Y lo que pude hacer de mí no lo hice.
Vestí un disfraz equivocado.
Me tomaron enseguida por quien no era, y no lo desmentí, y me perdí.
Cuando quise arrancarme la máscara,
Estaba pegada a la cara.
Cuando la arrojé y me vi en el espejo,
Ya había envejecido.
Estaba borracho, y no sabía vestir el disfraz que no me había quitado.
Arrojé la máscara y dormí en el vestidor
Como un perro tolerado por la gerencia
Por ser inofensivo
Y voy a escribir esta historia para probar que soy sublime.Esencia musical de mis versos inútiles,
Quién pudiera encontrarte como cosas que yo hice,
Y no quedarme siempre enfrente de la Tabaquería de enfrente,
Pisoteando la conciencia de estar existiendo,
Como un tapete con el que tropieza un borracho
O la esterilla que los gitanos roban y no vale nada.Pero el Dueño de la Tabaquería se asomó a la puerta y se quedó en ella.
Lo miro con la incomodidad de la cabeza torcida
Y con la incomodidad de una alma que mal entiende.
Él morirá y yo moriré.
Él dejará el letrero, yo dejaré versos.
Y un día morirá el letrero y también mis versos.
Después morirá la calle donde estuvo el letrero,
Y la lengua en que fueron escritos los versos.
Morirá después el planeta girante en que todo esto sucedió.
En otros satélites de otros sistemas cualquier cosa como nosotros
Continuará haciendo cosas como versos y viviendo debajo de las cosas como letreros,
Siempre una cosa frente a otra,
Siempre una cosa tan inútil como la otra.
Siempre lo imposible tan estúpido como lo real,
Siempre el misterio del fondo tan cierto como el sueño del misterio de la superficie,
Siempre ésta o aquella cosa o ni una ni la otra cosa.
El resto de los días que estuve en Lisboa, el poema me acompañó mientras fotografiaba la ciudad. Lo leí varias veces, sentí que cerraba un círculo con la triada de poemas. Fue como el viaje del héroe, más bien dicho de un antihéroe, un recorrido similar al del pusilánime, y a la vez brillante, protagonista del poema “Tabaquería”, quien tiene los defectos propios de los humanos, que lo acercan, y con el que me reconocí, un espejo donde descubrirse a cierta edad.
Subí por sus cerros edificados, la mayoría con fachadas de azulejos y tejados terracota de tejas con geometrías que dan forma a calles laberínticas, zigzagueantes. En los cuales se repiten las visiones del poema “Tabaquería”.
Recorro paisajes ondulantes, veo edificios en perspectivas irregulares, hay gente paseando, caminando por Alfama, la Baixa, Barrio Alto, Barrio del Chiado o Belem o el barrio Campo de Ourique. Lisboa tiene el aura de Pessoa, el hombre de las máscaras. En algunas esquinas, el eco de un fado resuena, la voz de Álvaro de Campo cantándole a su alma resignada a su cobardía, que ve reflejada en la monotonía exterior. Las figuras a contraluz suben y bajan de los tranvías amarillos que van hacia el horizonte, sobre la líneas de hierro que brillan con el sol, estas se tuercen para desaparecer en un curva.
Me bajo del tranvía y me siento en un mirador frente al río Tajo. El cielo está azulado, con nubes blancas después de la lluvia de anoche, los barcos se mueven lentamente hacia el atlántico, y otros van entrando río adentro.
Cada uno tiene una ciudad arquetípica, con sus códigos, costumbres y paisajes, que viajan en uno. Únicos, como las almas, nuestro ethos. En este caso, el paisaje de la ciudad se expande y se modifica como predijo Pessoa sobre lo que pasaría con “Tabaquería”, los letreros y sus versos.
Estos tres poemas, son significativos, hicieron eco en mi. La rabia visceral de Neruda, la sentencia de Kavafis, y la metafísica de Pessoa. Los tres se han ido enlazando en el tiempo como una unidad. Se dio la sincronía, en el momento en que moría Fernando Pessoa, se publicó el poema de Pablo Neruda en 1935.
La sensación de hastío, la angustia flotante por todo y por de nada, que son consustanciales a la humanidad, al ser, en algún momento de nuestras vidas se manifiesta. Pero siempre nos quedará un “Ítaca” de Kavafis en nuestro ser. Disfrutemos del viaje, que es corto, y no nos tropecemos en un tapete como el borracho de “Tabaquería”.
Ten siempre a Ítaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin esperar a que Ítaca te enriquezca.