La respuesta fácil a esta pregunta sería decir que estamos en una época de transición. Al fin y al cabo, todas las épocas son tiempos de transición entre una realidad y otra diferente.
Pero hay transiciones y transiciones. Hay transiciones en las que las realidades entre las que transita la sociedad son tan diferentes; o el cambio es tan rápido que se instala el caos, la desorientación y la incapacidad de comprensión, no sólo en las instituciones, sino también en la opinión pública y en las subjetividades.
En estas situaciones, algunos izan la bandera blanca, otros la bandera negra, otros (quizá la mayoría) se sumergen en la clandestinidad de la privacidad anónima.
¿Estamos en una de estas transiciones? ¿Y quién es el «nosotros» que plantea la pregunta? ¿Es toda esta agitación sólo el efecto de quienes se han acostumbrado a la relativa estabilidad y a la «irreversibilidad de las conquistas democráticas»? ¿Y qué dirán las clases y grupos sociales que nunca han conocido tal estabilidad ni se han beneficiado de tales logros, más allá de un encogimiento de hombros, una revuelta o una resignación?
Por muy diferentes que sean las realidades que han vivido las distintas clases, grupos o incluso naciones, lo cierto es que, en determinados momentos, una sensación de confusión, de colapso, se instala en la sociedad en medio de muchos malentendidos. Ni siquiera sabemos si se trata de una transición o de una duplicidad.
La transición apunta a que algo nuevo (o viejo) sustituye a lo que había antes: es una ruptura con movimiento. La duplicidad es la condición existencial de una simultaneidad de opuestos, una condición que fomenta las rupturas o fracturas estáticas. Transición y duplicidad es el espíritu de nuestro tiempo.
Entre las dos guerras mundiales del siglo pasado, el espíritu de la época —que entonces era exclusivamente europeo—tenía algunas similitudes con el espíritu de «nuestro» tiempo. La relativa paz que había traído la Primera Guerra Mundial duró poco y, en medio de la euforia de las nuevas conquistas científicas y técnicas, existía el temor a nuevos tiempos, a la violencia, a la resistencia de los explotados, a una próxima guerra para saldar las cuentas mal hechas en el proceso de paz de la guerra anterior.
Como siempre, en esos tiempos los artistas son más astutos que los filósofos o los científicos sociales a la hora de captar el espíritu de la época. En 1927, Hermann Hesse publicó la novela Der Steppenwolf (El lobo estepario). En esta novela, un hombre llamado Harry Haller tiene enormes dificultades para adaptarse a la sociedad en la que vive y, por ello, se siente mitad persona y mitad lobo.
Por un lado, se siente un ser humano normal, cómodo en la vida burguesa e interesado por la literatura y la música.
Por otro, se siente como un animal salvaje que sólo obedece a sus instintos e impulsos, un forastero que odia la sociedad burguesa y se comporta como tal.
En un momento dado, encuentra un libro titulado «Tratado sobre el lobo estepario» y su vida cambia. Conoce a nuevos amigos, como la prostituta Herminia y el saxofonista Pablo, dueño del «Teatro Mágico», donde aprende que todo ser humano tiene muchas otras características además de ser persona y lobo. La novela comienza con un prefacio del sobrino de la casera de Harry, que encuentra el manuscrito mucho después de que Harry haya desaparecido sin dejar rastro.
Creo que muchos de nosotros vivimos hoy en esta duplicidad, que nada tiene que ver con la leyenda del hombre lobo de la antigüedad clásica y el folclore medieval europeo. Veamos algunos de los síntomas de las rupturas, que, aunque epocales, son también existenciales y las viven con especial intensidad los jóvenes, aunque en apariencia sean quienes mejor conviven con ellas.
La verdad era algo que existía antes de la posverdad
La principal asimetría entre la verdad y la mentira es que la verdad sólo existe como búsqueda de la verdad. La búsqueda que parece más fructífera, convincente y coherente en un momento dado es la que se toma como verdad, pero sólo dura ese momento. En ello reside el progreso científico.
La mentira, en cambio, es siempre la certeza de lo contrario, de lo que se toma por verdad en un momento dado, como si ese momento fuera un eterno presente. Por eso la mentira es siempre más cierta que la verdad a la que se opone. La posverdad es el artificio que, prescindiendo de la búsqueda de la verdad, da por cierto algo, siempre que lo ratifique una retórica convincente o una creencia personal intensamente colectivizada. Es el campo de las fake news, de la desinformación, de la propaganda que no refleja la propaganda tradicional.
Como transición, la posverdad es la verdad posfáctica y posracional. Como duplicidad, es ser y no ser como alternativas, dos formas de existencia con igual validez. Alternativas que generan muchas otras alternativas entregadas al hogar de las emociones por redes sociales uberizadas. No hay criterios éticos para elegir entre ser lobo o ser humano. Hay opciones que no permiten variación.
O se es lobo o se es persona; no hay término medio
El «teatro mágico» del que hablaba Hesse ha desaparecido y, con él, los matices. Hoy, o se es enemigo o amigo, agresor o víctima, en resumen, o se es lobo o persona. La diversidad abierta, las identificaciones descubiertas en nuevas o viejas experiencias, el sfumato de la pintura renacentista, los matices de la Gioconda, como el cangiante (fusión de colores) o el chiaroscuro (claroscuro), han desaparecido en nuestro tiempo y con ellos la posibilidad de suavizar las relaciones humanas, siempre que sea posible.
La ausencia de matices es el principio de la guerra y el fin de la paz. Es a este principio y a este fin a lo que estamos asistiendo. Todas las guerras comienzan mucho antes de que se declaren. Si reflexionamos detenidamente sobre el patrón dominante de las relaciones humanas y las declaraciones más destacadas de los líderes políticos, llegaremos a la conclusión de que ya estamos en guerra. La desorientación y la confusión aparecen cuando nos damos cuenta de que la guerra contra «ellos» es en realidad una guerra contra «nosotros». La guerra perpetua se convierte en el único garante de la paz perpetua, la que nunca ha existido ni existirá.
El fascismo es tan democrático como la democracia
El discurso y la práctica de los dirigentes más poderosos sobrepasa todos los límites que antes se consideraban infranqueables. De repente, los que antes eran ciudadanos son declarados enemigos internos y, por tanto, deportados, silenciados, neutralizados; en un solo día, Israel mata a 400 palestinos y propone matar de hambre y sed al resto si no abandonan «voluntariamente» su tierra; agentes de seguridad nacional intercambian mensajes en las redes sociales sobre los próximos bombardeos en un país lejano como si estuvieran organizando una reunión de antiguos alumnos universitarios; una siniestra comisaria jefe de la (des)Unión Europea da un discurso con su uniforme de combate y su casco de acero (protegiendo lo que no tiene) para que no quede ninguna duda sobre el peligro inminente; la crisis de la vivienda se resuelve construyendo búnkeres.
Todo ello transcurre en la más pacífica normalidad porque, al fin y al cabo, la verdadera política es la antipolítica.
Pienso lo que piensan los demás, luego existo
No hay tiempo para pensar por uno mismo, y aunque lo hubiera, no sería necesario pensar. La vida cotidiana es un torbellino de preocupaciones mucho más acuciantes que pensar y, al fin y al cabo, hay tanto pensamiento tan fácilmente disponible que perder el tiempo pensando en algo diferente es una pérdida imperdonable. E incluso podría ser peligroso. Lo más racional es seguir los pensamientos de aquellos en quienes confías, y esos son tus amigos. Casualmente, lo que piensan los amigos es lo que siempre ha pensado el «ego», incluso sin darse cuenta. Son amigos porque confías en ellos, o confías en ellos porque son amigos. Da igual. La coincidencia de opiniones es lo que importa porque es la prueba de que no estás solo, y estar solo es no existir como ser pensante.
Nunca ha sido tan fácil pensar sin tomarse la molestia de pensar. Las oraciones matutinas de antaño han sido sustituidas por empezar el día enterándote de lo que piensan tus amigos. Cualquier ciudadano responsable debe salir a la calle informado e informar a los demás, como es su deber cívico. Quien discrepa no es un amigo y, en última instancia, no tiene derecho a existir, porque la amistad es el bien más preciado. Si sospechas que el desacuerdo es interno porque hay dudas, es señal de que el enemigo interno puede estar dentro del ego. Lo más eficaz es cortar el problema de raíz: olvidar o eliminar la duda, si es posible con ayuda profesional o medicación.
Todo el mundo es desechable menos yo
Como se desprende de lo anterior, no todo el mundo es amigo. Hay enemigos, agresores, competidores, envidiosos, privilegiados, intrigantes, lamebotas, concubinos, prostitutos, apadrinados, protegidos, preferidos, favorecidos. El mal que le sucede al ego nunca es culpa suya porque el ego es un territorio fortaleza inexpugnable e inmaculado. Cualquiera que se atreva a atacarlo debe ser eliminado sin piedad. Todo lo que ponga en duda la solidez de la fortaleza —por ejemplo, señalar grietas, desperfectos, lagunas, fisuras, agujeros— es desechable, porque es falso, de lo que dan fe indiscutiblemente los amigos.
Ser disidente hoy
Este diagnóstico no pretende ser exhaustivo, pero basta para mostrar que, en el fondo de este malestar de época, muy diferente del malestar del fin de siècle de finales del siglo XIX, está la creencia de que el progreso es el principio y el fin de todo, aunque este último sea el apocalipsis.
Hesse experimentó con angustia esta creencia y los signos de las catástrofes a las que podía conducir, en primer lugar, las catástrofes interiores. Dominado por la angustia, no podía ver la alternativa: la utopía. Ser disidente hoy es abandonar la idea de progreso y sustituirla por la idea de utopía. No la utopía totalitaria, hija bastarda del progreso. Más bien, una utopía concreta, aquí y ahora, que comienza con el valor de asumir el riesgo de ser disidente en el tiempo actual, el tiempo de la distopía normalizada.