Vamos con tiempo
Ellos me dijeron que el Señor mueve montañas. Y en ese entonces, les creí. Traigo el recuerdo encima, porque ya es marzo. Huele a rocío recién caído. Los cactáceas murmuran y las piedras se retuercen debajo de nuestras pisadas. Hace frío. El polvo nos cubre hasta las rodillas. Todavía no amanece. Estás cansado. Ya son varias horas de cargar las flores para el Santo. Pero ya lo sabes: toca venir a verlo para sus fiestas.
Todavía estamos a las afueras de San Miguel. Me cuesta pensar que incluso esta carretera vacía va a estar a reventar en unas horas. Pocos peregrinos encienden el camino con velas y rezos disipados por el esfuerzo de su andar. El camino del norte es el más tardado. Pero está bien. Vamos a llegar con tiempo. El desierto es largo y las bestias de la mañana ya acechan: coyotes entre los matorrales, zorros en las sombras, garzas trenzadas con la aurora.
Caminar toda la madrugada es parte de la penitencia. La noche anterior, no dormimos nada: teníamos que pararnos a las 2:30 para salir a las 3:00. Decidimos amanecerla. Después de varias horas de caminar, tenemos que detenernos un momento para que te seques el sudor. Veo cómo traes los dedos engarrotados. Las piernas ya te pesan. Y no es para menos: desde Dolores son tres horas caminando. O tres y media, según el paso. Pero se lo prometiste. Le pediste el favor y te lo concedió. Y al Santo hay que pagarle las deudas.
No hay nadie
El Señor de la Conquista tiene su capilla en San Miguel de Allende. A él van enfermos, viudas y danzantes que buscan su favor. Lo buscan en el barrio de Las Cuevitas, porque dicen que se apareció ahí hace muchos años. El sacerdote dice que de eso ya corren, por lo menos, cuatro siglos. Alguna vez escuché que lo encontraron ahí después de una batalla contra los chichimecas. El Santo no tenía un brazo y, cuando intentaron construirle uno, lo rechazó: ninguna pieza le embonaba. Una vez que la matanza terminó, en el campo de batalla encontraron el brazo que le hacía falta. Y ese sí lo recibió.
Las malas lenguas dicen que la sangre que le corre en el rostro es de guerreros chichimecas. Quienes digan eso son infieles, me dijiste alguna vez. Herejes, escupiste. Lo importante, piensas, es que hay que venir a ver al Santo para las fiestas del temporal. Pero es cierto es que nuestro Señor tiene moretones en los párpados, la mirada pesada y los labios partidos. Me cuesta trabajo mirarlo a los ojos.
El primer viernes de marzo es costumbre hacerle sus fiestas. Es un santo de muchos nombres. Señor de las Batallas, Señor del Temporal, Señor de la Conquista: como se le conozca, es milagroso. Y lo sabemos. Por eso vinimos: le pediste que te aliviara y ahora vienes a pie a agradecerle. Quienes cargan deudas más severas, vienen de rodillas. Cargamos sus ofrendas desde el pueblo para que nuestro Señor vea cuánto fervor le guardamos sus deudores; que observamos sus fiestas; que venimos a verlo, como cada año, para mostrarle nuestro respeto.
Nadie más que el párroco puede tocar al Santo. Pero yo he visto que le pide ayuda a los sacristanes para que lo depositen en su litera de oro. Lo sacan del camarín, donde sólo están los santos muy santos, y lo transportan con todo el cuidado del mundo hasta afuera. Solo entonces lo pueden sacar a la escalinata principal en el atrio de la Parroquia para que podamos verlo. Nosotros llegamos de madrugada, para que nos toque un lugar cerca de los escalones. A esa hora no hay nadie. Pero nuestro Señor ya nos espera.
Cuando abriste las montañas
Sabemos que nuestro Señor abre montañas y mueve las tierras. Por eso también le pedimos un buen temporal. La temporada de siembra no es buena si Él no lo permite. Tiene los ojos entrecerrados y el rostro cubierto en sangre. De las sienes le salen rayos de luz. Seguramente está cansado de la noche anterior, cuando la familia patrona realizó la velación del jueves. Antes de eso, ya se le había hecho un novenario de treinta y tres Credos. Aunque la rutina es dura, nuestro Señor la entiende: sabe que todo tiene que estar listo para la misa del día siguiente.
Vemos cómo llegan, vestidos con sus mejores trajes, y hacen su primer rondín del día. Ya son las 8 de la mañana. Vienen de Michoacán, Querétaro, Jalisco. Algunos, incluso, vienen desde la capital. Quieren agarrar un buen lugar para que nuestro Señor les bendiga. Conforme avanzan las horas, llegan más danzantes que, para prepararse, agradecen a los cuatro puntos cardinales. Hay cada vez más bullicio. Música. Gritos. Llantos de devoción. En el zócalo no cabe más gente. Son más de mil, me dices, de pie desde el escalón donde nos sentamos.
Al punto de las 10 de la mañana, repican las campanas de la Parroquia y un séquito de sacerdotes y sacristanes sale del templo, detrás del Señor de la Conquista. Nadie lo mira directamente. No se atreven: es aquel que hace que cualquiera doble las rodillas. Al ritmo de un tambor ronco, lo depositan en su plataforma. Y se hace el silencio.
El Señor nos mira
A sus pies hay flores y ofrendas. Esta vez viene vestido de azul con acabados dorados. La gente le prende copal. Le tiran cuetes. Y empiezan las danzas. Se siente cómo la tierra vibra con las pisadas y los cantos. Tambores, flautas y conchas de armadillo inundan la Plaza Principal. Las infancias lloran. Los hombres y mujeres bailan. El sol quema. El Señor nos mira.
Hace mucho calor.
El Señor nos mira.
Tengo sed.
El Señor nos mira.
Me duele la cabeza.
El Señor nos mira.
¿Por qué hay tantos gritos?
El Señor nos mira.
¿Dónde estás?
El Señor nos mira.
No puedo respirar bien.
El Señor nos mira.
Todo da vueltas.
El Señor nos mira.
Y se hace la oscuridad.
El Señor nos mira.