Vivimos en tiempos de información errónea y uno de los casos pasa sin duda por los estereotipos que incubamos sobre la región balcánica. Desde confundir toda la zona con la antigua Yugoslavia hasta concebir Grecia como una "isla civilizada" rodeada de barbarie. Las ideas preconcebidas moldean cómo percibimos a estos países. No obstante, como en toda simplificación, hay más matices que certezas: desde las diferencias culturales hasta el simple acto de compartir un café, el relato balcánico revela tanto las complejidades de su historia como los prejuicios que aún lo acompañan. Hoy, Grecia.

En tiempos de desinformación y bulos que coadyuvan a que Donald Trump se lleve unas elecciones en la primera potencia mundial; cuando se difunde que los haitianos son comedores de mascotas o los mexicanos son unos violadores y unos ladrones, lo que vengo a contar es casi inocuo. Pero no por ello menos trascendente.

De momento, no hay constancia de que los pobladores de los Balcanes devoren animales domésticos, pero sí hay otro tipo de tópicos sobre estos pueblos.

Para comenzar, baste mencionar una extendida metonimia que pasa por llamar Balcanes a la parte más pequeña: países de la antigua Yugoslavia, en concreto, lo que los analistas denominan “Balcanes occidentales 6” o WB6 (del inglés "Western Balkans 6"), una heterogénea región cuyo principal atributo es no pertenecer a la Unión Europea, si bien sí aspiran a hacerlo: todos ellos son países candidatos.

Lo demás es balcánico, sí, ma non troppo. Bulgaria y Rumanía (países miembros de la UE desde 2007) se tienen como algo muy extremo, cercano a Rusia. En cuanto a Grecia (en la UE desde 1981 se encuentra geográficamente cerca de los dos países aludidos; es decir; muy lejos para nosotros. Sin embargo, es más conocida. Se considera occidental, un poco el ancestro de los europeos en el asunto de los valores, cuna de la democracia.

Una democracia con sus cosas

La democracia está muy bien, alguien dijo que es el sistema menos malo: hay que aceptarlo con sus fallos porque no existe alternativa. Sin embargo ―destopicando― la democracia ateniense, la de la Atenas de Pericles (segunda mitad del siglo V a. C., aunque muchos lo extienden a toda la centuria), presentaba unas características bastante peculiares. Era una sociedad esclavista, por una parte, y en la que no todos los habitantes (los esclavos no eran ni siquiera tal cosa) eran ciudadanos. Lo de siempre.

En segundo lugar, Atenas formaba parte de la Confederación de Delos, cuya sede se situaba en la ciudad del mismo nombre, en el archipiélago de las Cícladas, bastante lejos de Atenas para la época, pero más o menos central en el conjunto de polis o ciudades-Estado que la integraban. Suponía una alianza militar para combatir a los persas. Los que no podían poner flota y soldados, pagaban.

Cada ciudad tenía un voto. Nadie mandaba más que nadie. Aunque aquí viene el problema, Atenas por flota y por poder económico era más importante. Y con el tiempo, acabó deviniendo líder. La Confederación se transformó en un imperio y muchas polis no estaban en la Liga de Delos por su propia voluntad. Ergo: al final, la democracia ateniense se sustentaba sobre un imperialismo. Famosa es la expedición de castigo de Atenas y sus aliados a la isla de Melos por la decisión de sus pobladores de permanecer neutral en los enfrentamientos entre Esparta y Atenas en el marco de la Guerra del Peloponeso (431 a. C.- 404 a. C.): o te unes, o te uno. Así, estamos ante un sistema democrático que hoy no pasaría ningún filtro de ningún tribunal constitucional occidental.

Un café griego con contenido altamente político

Volvemos a Grecia, que desde Occidente se ve como uno-de-nosotros. No obstante participa mucho de lo balcánico. Muy turca también, si atendemos a la imagen que de los turcos se alberga, por lo general y de igual modo muy distorsionada.

Cuando habité por breve tiempo Alexandrópolis (Tracia griega, a un tiro de piedra de la frontera con Turquía) no me la imaginaba así. Me hacía la idea de algo mediterráneo y alegre, algo no tan distinto de Málaga. Y acerté…en parte. Sin embargo, es más que eso: nos han vendido el relato de que es una especie de enclave occidental, casi “civilizado”, en los salvajes ―enésimo epíteto― Balcanes.

Muchos griegos, medio en broma medio en serio, acogen siempre la concepción de que su país es una isla de civilización rodeada de barbarie albanesa, eslava y turca que se empeña en rodearlos, algo decididamente occidental. Cierto que “occidental” tampoco dice demasiado … no estamos ante un término esclarecedor. Ya me dirán qué tienen en común un español y un sueco; o un guatemalteco y un estadounidense.

De Alexandrópolis ―y de Grecia en general― me llamó la atención, además de la carestía de la cesta de la compra y de los sueldos demasiado bajos, que se alquilaban los pisos con todo perfectamente amueblado. Incluida la cocina…pero no había hornilla ni horno: eso lo tenías que poner tú.

O sea: que la cocina no estaba equipada con, digamos, la principal insignia de toda cocina: el fuego (en cualquiera de sus modalidades). Consecuencia: todo el mundo se hace con un hornillo de características así o asa, en función de sus necesidades. Por dicha razón hay muchas tiendecitas que vendían cartuchos de gas y hornillos. O las había, si el comercio chino no lo ha arrasado todo: si compran el puerto de el Pireo qué no harán con una tienda.

Uno de esos negocios lo regentaba un afable señor de mediana edad, que había vivido en Italia. Como mi italiano era mejor que mi griego, hicimos migas y más de una vez me convidó a un café: en el hornillo, por supuesto, con briki. Es una cazuelita con mango largo y que sube hacia arriba, para no quemarte… El briki tiene varios nombres y es de origen árabe, si bien nos llega a través de los turcos.

En esta última lengua y en búlgaro suenan igual, por mucho que los primeros escriban cezve, y los segundos Джезве; Джезва es en ucraniano (suena “dzeszva)” y se denomina en serbocroata džezva: casi como en ruso.

La tradicional es de cobre. No obstante, es un metal tóxico y no se usa ya, está prohibido por la Unión Europea. Su forma y acabado es muy oriental ―valga el muy manido estereotipo: al fin y al cabo, estamos hablando precisamente de ello. El utensilio es, en principio, un asunto árabe-turco. Muestra como particular característica que el poso del café se queda en la parte inferior de la taza.

La primera en la frente: le pregunté que cómo se hacía el café turco. Primer error:
― amigo, querrá decir “café griego” (Ελληνικός καφές, El‧linikós kafés)
― eh, sí, claro. Eso mismo quería decir
— balbuceé. Porque en los Balcanes, muchos de sus países estuvieron bajo dominio otomano bastantes siglos. La base es el café a la turca. Rusos, búlgaros, serbios, macedonios o bosnios también lo usan. Es cierto que no se prepara exactamente igual ni los aderezos son idénticos, pero la base es muy similar.

Mi error venía dado porque mi amiga serbia T. me contó que el café de tal guisa se elaboraba dejándolo hervir y retirándolo del fuego, repitiendo la operación hasta tres veces. Le pregunté si se hacía así a mi anfitrión. El hombre, que precisamente había dejado hervir demasiado el café porque se había entretenido con un cliente, corrió a apagar el fuego y tiró el café por el fregadero, diciéndome “hombre ¡cómo te voy a ofrecer un café así! ¡eres mi invitado!”. Claro, que mi amiga T. no tomaba café, sino té. Y sí, también hay españoles que no saben hacer paella ni bailar flamenco, y peruanos que no tienen ni remota idea de cómo preparar una causa rellena.

En el museo donde trabajaba, profundicé en mi ignorancia atrevida, preguntando a mi jefe cómo se hacía el café griego con leche; ―muy fácil ―me miró desconcertado: haces el café y luego le echas la leche.

Sí: echarle leche al café es justo eso, echar leche al café. Pero no pude buscarle tres pies al gato (balcánico). Pero, en fin, él tampoco tomaba mucho “café griego”: era más de frappé, otra verdadera pasión griega. En la primera década de este siglo me maravillaba descubrir que un frappé tenía un precio increíblemente alto.

Paulatinamente fui averiguando el por qué: no estás pagando un café; estás pagando el alquiler de la mesa, porque tomar dicha variedad de café implica que vas echándole agua fría para "cebarlo" (como un mate) mientras dura la interminable charla mediterránea: la excusa es tomar el café: el objetivo, hablar y contarse cosas: Los moradores de la antigua Hélade son asi.