¿Debería leer el libro o ver la película primero? Esa es la pregunta del millón en este interminable debate sobre las adaptaciones cinematográficas de libros. Muchas sagas han sido exitosas tanto en el mundo literario como en el cine, pero no muchos piensan esto. Cada vez que sale una adaptación, siempre hay algún artículo o crítica explicando las diferencias y cómo estas cambian la historia. Al fin y al cabo, quien define qué medio es mejor es la audiencia misma, aunque esto siempre puede ser debatido.

Algo que muchos lectores admiran y adoran de la literatura es la habilidad de poder imaginarse estos mundos creados por el autor. La interpretación queda para que el lector decida qué ocurre en la historia y en sus personajes, quienes tienen una profundización detallada en su psicología; uno puede sentir una conexión emocional muy fuerte con ellos, donde pueden leer sobre sus pensamientos y sentimientos, además de sus motivaciones internas y cambios emocionales.

Las temáticas se pueden desarrollar más detalladamente, incluso un momento tan simple como caminar puede contener mucha importancia en el libro. Uno tiene la oportunidad de reflexionar y comprender lo que el autor quiere compartir.

Aunque muchos disfrutan poder hacer esta actividad y meditar sobre lo leído, hay quienes lo consideran algo aburrido y lento. Por estas razones, muchos eligen ver la película directamente, aunque esta pueda diferenciarse del contenido original.

En el séptimo arte, hay muchas libertades e interpretaciones más obvias que pueden ocurrir. Un director puede tener una cierta visión sobre el material del que se está basando, algo que a muchos fanáticos de los libros originales podrían aceptar.

En estas adaptaciones, uno puede ver cómo el mundo creado por un par de palabras cobra vida gracias a la gente involucrada. La historia que uno puede leer en una simple hoja de papel recibe una representación visual.

Debido a que es una película, muchos modificaciones deben hacerse para poder adaptar la historia. Las subtramas son eliminadas o simplificadas, sea por el tiempo del largometraje, la trama, o simplemente una elección artística tomada por los involucrados en la producción.

Muchos de estos cambios pueden funcionar a favor de la película, aunque no siempre es así. Estos pueden terminar dándole otro tono o incluso parecen enfatizar otros temas que no tienen nada que ver con la historia original, algo que puede enfurecer a fanáticos y a críticos en sí. Por estas razones, muchas adaptaciones quedan incompletas o no transmiten los sentimientos conllevados por el libro.

Un ejemplo muy reciente y claro de esto es la adaptación de Balada de pájaros cantores y serpientes de Suzanne Collins, una de las precuelas parte de su exitosa saga de Los juegos del hambre. El libro recibió buenas críticas, muchas dirigidas al punto de vista de la historia y como la percepción de esta es moldeada por la psiquis de Coriolanus Snow, el protagonista de la historia (luego el reconocido villano de la saga).

A pesar de esto, la película no cosechó el mismo halago. Sin haber leído el libro, uno podría considerar esta historia como un relato de cómo Snow traicionó a sus conocidos o incluso al amor de su vida, cuando en realidad, lo que busca la autora en el libro es poder reflejar los pensamientos y la manipulación del protagonista para poder acceder al poder, sin importar las consecuencias.

El largometraje decide enfocarse en su relación con Lucy Gray, como si fuera el enfoque inicial de la historia. Su vínculo es importante, sí, pero uno obtiene dos realidades distintas al consumir ambos medios. Uno refleja la traición al amor, mientras la otra demuestra la manipulación a toda costa.

En definitiva, el arte lo termina consumiendo la audiencia, quienes son los que terminan quedándose con la última palabra. Uno puede apreciar ambos medios, mientras otro puede apreciar uno sobre el otro y viceversa. Ambas maneras tienen sus fortalezas y debilidades, pero algo que podemos entender es la apreciación por ellas y sus habilidades de contarnos historias que pueden transportarnos a mundos muy lejanos.