Recuerdo los primeros viajes, de cuando al fin empezaba a tener independencia para para ir sola, siempre tenía el punto de mira más allá de los confines nacionales: explorar el mundo que había al otro lado de la línea imaginaria, porque el que estaba dentro de ella, por algún motivo, carecía de interés. Con frecuencia, ante el anuncio de estas partidas a Londres, París o Múnich, mi tía rompía una lanza a favor de lo propio, cuestionando esos deseos de recorrer cientos, miles de kilómetros en busca de qué.
Hoy, que ya he cumplido muchos años desde aquellas primeras experiencias, aunque sin haber por ello viajado todo lo que hubiera querido, tengo más presente que nunca a mi tía. Son muchas las razones que hacen que cada día, sin estar, venga conmigo de la mano; tantas las enseñanzas que en una juventud díscola e ignorante deseché sin piedad. Desconozco si resuenan en mi cabeza a destiempo las palabras o acaso habían aguardado pacientes a que llegara el momento oportuno en que lo pudiera comprender.
Han dejado de interesarme los destinos como Tailandia o Nueva York. Ahora busco lo exquisito en lo familiar; la magia no está en el lugar, sino en los ojos que lo miran. Un atardecer, el olor a tierra mojada, la cercanía de la gente ya es el mayor de los paraísos. A cada paso, hay belleza que permitimos que pase desapercibida solo porque no estamos preparados para pararnos a contemplarla.
Son tantos los lugares recónditos escondidos a la vuelta de la esquina, plagados de singularidad, de historia, de detalles asombrosos en los que detenerse a saborear que el tiempo no haya pasado por ahí. Pueblos que brotan como de la naturaleza, entre riachuelos límpidos y el trinar de los pájaros; callejuelas estrechas, sin asfaltar, a cuyos lados se erigen temerosas viviendas hechas por las propias manos de su dueño, que envisten estoicas el pulso a los años, con los tejados ya derruidos y pequeños ventanucos por donde se pueden espiar los restos de una vida ajena que hace ya mucho que quedó atrás.
Espacios con encanto que se alejan de lo que hoy somos: del ruido, la contaminación, las prisas y el hormigón. Sitios que aparecen de la nada, como si hubieras dado con ellos al mirar por la grieta de una pared. Como si a ellos te llevara un trayecto misterioso fruto de haber atravesado el espejo. Allí sí es evadirse, desconectar, o reconectar, respirar, disfrutar.
Son tantos los pequeños pueblos olvidados, y casi por completo despoblados, tan absolutamente excepcionales que campan de espaldas a las guías para viajeros, cuya visita está a la altura de un viaje en el tiempo y de la estancia en un balneario de postín, que por ello empezaré por mi querida Extremadura.
La sierra de Gata se ubica al sur de Cáceres, en el límite con Portugal y Salamanca. Con una variada multitud de especies vegetales y destacadas cumbres que no procede matizar. Lo que sí acontece es Robledillo de Gata, una pintoresca localidad que desde 2019 se halla en el listado de pueblos bonitos de España.
Sus empinadas calles acogen a los 84 vecinos que moran en la actualidad (hacia 1860, en su máximo esplendor, alcanzó los 684). Entre ellos, una simpática señora de más edad de la que aparenta, con un acento no autóctono que, a nuestra llegada, espontáneamente se ofrece a indicarnos el camino. Muy dicharachera, nos explica que lleva en el lugar más de veinte años, algo de allí la atrapó. ¿Cómo alguien de un país del Este va a dar con sus huesos a uno de los lugares más perdidos de la España profunda? No se lo preguntamos.
La arquitectura es peculiar de la zona; la manera austera de construir de otros tiempos que, por suerte, en este caso se ha conservado. En su mayoría son casas de piedra, adobe y madera, erigidas sobre la pendiente sinuosa y desnivelada que facilita que se observe en su grandeza. Es curioso pensar que uno de aquellos moradores de hace cientos de años nos viese el entusiasmo al contemplar esas construcciones, que precisamente son como son por la ausencia de medios.
Subimos y bajamos recorriendo el lugar, como extasiados por lo que vemos. Las pequeñas puertas de madera de casas cuyos habitantes debían de ser muy bajitos: observo por la mirilla de la cerradura, pero no se ve nada; el picaporte de color cobrizo parece llamarme, pero me quedo con las ganas. ¿Cuándo sería la última vez que alguien lo usó? Son muchas las viviendas que, como esa, llevan décadas sin habitar.
Al girar la esquina, ambos lados de la calle están unidos en su parte superior por un techado de madera, conformando una especie de oscuro pasadizo. Llegamos a una vivienda a la que se accede por unas escaleritas de piedra, otra vez con una puerta pequeña. Subo a mirar, pese a los suspiros hastiados de mis compañeros. Está justo en el vértice por donde discurre el río Árrago, con un caudal breve, aunque constante. Embriagador. Quiero sentarme en las escaleras de aquella casa y solo contemplar el sonido del agua.
Los mesones, con terrazas en los patios repletos de macetas con geranios de vivos colores, en los que por obligación se debe degustar un plato típico (migas, pisto, torta del Casar, embutido ibérico, torreznos, zorongollo), mientras los gatos, sabedores dueños de su territorio, se pasean tranquilos en derredor.
Llegamos a la iglesia principal, Nuestra Señora de la Asunción, y también vemos la ermita del Humilladero, ambas del siglo XVI, construcciones muy sencillas. Más tarde toparemos con otra más, la ermita de San Miguel, a unos cientos de metros del pueblo, en el camino de una de las rutas que bordean el lugar. Con más encanto por lo agreste del terreno, no cabe por menos que adentrarse a investigar: merenderos de piedra rodean un pequeño templo al que se accede pisando una tupida maleza que llega hasta las rodillas. A pesar del aspecto de abandono, quiero pensar que en algún momento alguien se hace cargo de su cuidado para que las gentes disfruten de la romería que leí en algún sitio que se celebraba en honor a su santo.
La ermita del Humilladero y su retablo, siglo XVI.
Muy en esta línea, fuimos a cruzarnos con una boda. Por supuesto, quisimos ver a los novios, que no habían hecho uso de la iglesia, sino del ayuntamiento. Qué maravilla casarse en un lugar como este de bonito, anuncié a mi novio…
Cabe además mencionar el museo del aceite, una antigua almazara de origen medieval que lleva varias décadas dedicada a mostrar al visitante cómo eran las formas de trabajo para la transformación de la aceituna.
Son diversas las rutas que pueden hacerse por el campo en las que deleitarse con la naturaleza. No obstante, es preciso reseñar una de obligado cumplimiento: la que lleva al Chorrituelo de Ovejuela, esto es, una espectacular cascada que cubre de agua cristalina en su descenso las majestuosas montañas.
Es difícil expresar con palabras la belleza que uno se encuentra a su paso sin siquiera buscarla. Solo se necesita estar predispuesto a verlo. Cuánto de grande tiene el mundo rural, cuánto de grande tiene Extremadura.