Una treintena de obras de más de veinte artistas componen este mosaico heterogéneo y colorista de la pintura figurativa que en los años ochenta se convirtió en símbolo de la nueva modernidad nacida con la transición y la llegada de la democracia.
Para los protagonistas de este prolífico episodio del arte contemporáneo español aquélla fue una década de reivindicación de la pintura: de su vigencia como medio para la exploración artística renovadora y de su capacidad para ofrecer propuestas creativas originales que reflejaran el tiempo de libertades recién estrenadas. Un período de auténtico placer de la pintura.
Una nueva figuración, liberada y multicolor, hedonista y apolítica en sus temáticas, cargada de expresividad y plasmada en lienzos de grandes formatos, triunfó en manos de jóvenes artistas, activos en algunos casos desde los sesenta y los setenta (como Gordillo, Arroyo o los esquizos de la figuración madrileña: Franco, Alcolea, Pérez Villalta, Cobo, Quejido, Molero) o incorporados desde los ochenta a un escenario plural y en plena efervescencia creativa (García Sevilla, Barceló, Patiño, Lamas, Gadea, Ugalde).
Pese a sus procedencias diversas (muchos de ellos de Andalucía), todos compartieron un entorno común —con el Madrid de la «movida» como epicentro geográfico—, y un propósito generacional de crear una pintura nueva que cada uno resolvió de forma personal, en un período de optimismo y entusiasmo, totalmente diferente al precedente de la dictadura.
En el multiforme panorama de aquel momento, donde la figuración convivió con una abstracción también renovada frente al informalismo de los cincuenta y los sesenta y se impuso al arte conceptual, esta exposición aborda la preeminencia de un tipo de pintura sin normas, rebelde y provocadora, que hizo bandera de lo lúdico, lo frívolo y del puro placer de pintar y de mirar; una pintura liberada que artistas, críticos, galerías e instituciones convirtieron en espejo de la liberación colectiva de la España de los ochenta.