Artista formada entre Portugal y Alemania, Susanne S. D. Themlitz (Lisboa, 1968) se da a conocer en el arranque de los años 90, sorprendiendo por lo personal de un imaginario lleno de referencias a objetos cotidianos y a un mundo de fabulación al tiempo plástico y literario. Frente al interés de muchos artistas portugueses de su generación en delimitar líneas muy concretas de trabajo, decide combinar elementos procedentes de las dos culturas de las que se alimenta: fragmento y síntesis, paisaje y paseo, caos y orden. Esa elección le lleva a relacionarse con artistas de generaciones anteriores (Sigmar Polke, Thomas Schütte, Juan Muñoz), interesándose en la búsqueda de nuevas formas de sentir el espacio e integrar en la obra la presencia del relato, la ficción, el eco, la palabra, el sonido o la metamorfosis como dimensión, alejándose de la rigidez de la sujeción a aspectos exclusivamente formales.
Partiendo de una escala pequeña y un tratamiento desnudo o denso, sus primeras pinturas, objetos, collages, fotografías y videos seducen, atraen, provocan, como esos cuentos infantiles que esconden relaciones tensas y pasiones ocultas. Cuando la obra crece, se presenta como una especie de paisaje, de naturaleza abierta, viva, en transformación. Percibimos susurros, pasos perdidos, conversaciones imposibles, ecos, germinación, cambio natural. Se intuye una idea inicial de paseo, observación y comentario, al modo de Robert Walser y Herberto Helder; del mirar intenso e inquisitivo de Borges o Calvino; del jugar con los conceptos de Baudelaire, y el resultado es un imaginario al que asoman los hermanos Grimm, Lewis Carroll, las sagas medievales, Tolkien, los relatos con cambios de dimensión, la transferencia entre mundos, la realidad aparente y los microrrelatos. Discursos en los que se trazan historias, se acompaña el relato, se desvela el proceso pero no se valora, no se juzga. Sin nostalgia, con férreo compromiso contemporáneo.
De ese entorno y de la reivindicación del taller como lugar en el que los materiales reclaman su memoria y establecen relaciones, nacen pensamientos que hay que expresar en imágenes. La idea central es escultura, y en torno a ella, buscándola, el dibujo como susurro, referencia. Nada se impone, todo se entreteje para definir planos, habitar el espacio: la pintura es un gesto que sugiere por dónde ir pero no delimita ni concreta, no cubre el soporte; juega a sentirse fragmento, boceto, nunca imagen cerrada, final. Como las líneas de bambú o sus sombras, verdaderos dibujos en el aire y sobre la pared, modos también de tantear el espacio, de acercarlo. Espacio como cuaderno de apuntes, libro de notas en el que el dibujo es bruma, el color torbellino, el texto susurro.
Todo está en contacto y transformación, esperando la curiosidad del que mira. Las formas surgen de lo orgánico, pero nacen del suelo, de la naturaleza. Las figuras no son fantasías ni sueños o imaginaciones: entran en nuestro mundo, descubrimos que ya estaban y quizá nos observan, de modo que provocan inquietud, nos hacen sentir extrañeza, entrar en otra realidad.
Las imágenes, objetos, instalaciones de Susanne Themlitz escapan de las certezas, sugieren el momento previo, la aparición o la huida. Un mundo que descubrimos por sorpresa, que vemos desde otra dimensión. No es un magma que se extiende: es un paseo, un paisaje, un juego de miradas, una invitación a la curiosidad, a no contentarnos con la imagen primera, a descubrir micromundos, reflejos, ventanas abiertas, oquedades que se abren a otras realidades. Un relato continuo, que se autoalimenta, interminable.
Frente a los artistas que necesitan el espacio blanco, Susanne Themlitz se mueve a gusto entre “contaminaciones”, incluso parece buscarlas. Cuando pensaba cómo darle forma a su exposición en el MARCO, paseaba por sus salas, pasillos interiores y almacenes, le tomaba el pulso (incluso anímico) al conjunto, como si fuera un paisaje que debía habitar, hacerlo suyo. Buscaba elementos que integrar en su proyecto, dando sentido al diálogo, nunca a la imposición. Como resultado, instalaciones en las que desplegarse y la recreación del archivo, del taller, del almacén en el que se guardan obras que, en sus conversaciones, anuncian las siguientes, invitándonos a descifrar, como en el poema de Baudelaire, “el lenguaje de las flores y de las cosas mudas”.
Susanne Themlitz invita a preguntarnos siempre por lo que se esconde, por lo que hay detrás, dentro, oculto, previo: la caracola como memoria de lo que contuvo, el molde exterior de la escultura en bronce como huella y objeto, la lupa que nos descubre el mundo escondido en lo menos perceptible, las líneas que sugieren direcciones. No se trata de reproducir la realidad sino de actuar en ella, tomándola como paisaje que se puede modificar. Algo está a punto de suceder ante nuestros ojos, siempre que los mantengamos abiertos. La cuestión es querer ver.
(Texto por Miguel Fernández-Cid, director del MARCO y comisario de la exposición)