Después de publicar hace escasas semanas el artículo Pepe Mujica y el difícil perdón, he recibido un apreciable número de respuestas que mucho agradezco a los amables lectores/as. En justa reciprocidad, daré cuenta de las opiniones recibidas y matizaré las conclusiones que se desprendían del artículo.

El texto, en rápido resumen, se refería a la posición de José (Pepe) Mujica respecto a los militares golpistas uruguayos que cumplen penas en la cárcel por delitos “agravados”. Mujica se ha mostrado favorable en varias ocasiones a permitir el régimen de “casa por cárcel” a partir de cierta edad (70-75 años). Se trata de una actitud admirable para quien sufrió trece años de encierro en un régimen de incomunicación total por su pertenencia al grupo revolucionario “Movimiento de Liberación Nacional (MLN)-tupamaros”. Mujica propugna esa medida para todas aquellas personas que cumplan cierta edad, militares o no, incluyendo a los condenados por delitos contra los derechos humanos. "No quiero tener viejos presos de 75, 80 años, pero no sólo militares, ningún preso de esa edad. No peleé para tener ancianos presos", expresó.

En el artículo fantaseaba con que el nuevo presidente de Uruguay, Yatmandú Orsi, de la misma corriente política que Mujica, enviaba al Parlamento un proyecto de ley que ampliaba la posibilidad que ofrece la ley uruguaya de otorgar “casa por cárcel” a los militares condenados por delitos agravados, una posibilidad de la que, hasta hoy, están excluidos. Y preguntaba, tal vez muy atrevidamente, si el lector/a votaría a favor o en contra de tal propuesta en caso de ser legislador/a en aquel país.

Las respuestas, sobre todo desde el Uruguay, no se hicieron esperar. Debo decir que, en general, no se cuestiona a Pepe Mujica por su propuesta de clemencia. Si hay alguien que puede propugnar esa mejora en las condiciones de condena a los militares presos -me han escrito- es él, o quienes, como él, sufrieron detenciones, torturas, la desaparición de seres queridos o el secuestro de hijos o nietos. Es decir, las víctimas pueden otorgar su perdón y, sin duda, es loable y saludable que lo hagan.

Ahora bien, en lo que se refiere a la, vamos a llamar, “compasión social”, los escritos recibidos se muestran contundentemente en contra. En primer lugar, por los compromisos internacionales sobre los derechos humanos que la mayoría de gobiernos democráticos han suscrito, precisamente con el fin de que nunca más se vuelvan a repetir horrores semejantes. En Uruguay, en concreto, se aprobó una ley en la que se reconoce el período de “terrorismo de Estado” y se promueven algunas reparaciones para las víctimas.

En segundo lugar, se me recuerda, los militares uruguayos presos gozan de unas comodidades en la cárcel “Domingo Arena” que ya quisieran para sí las personas que se encuentran privadas de libertad bajo la custodia del sistema penitenciario del país. Una cárcel construida especialmente para ellos y enclavada en un cuartel militar.

En tercer lugar, como me señala otra lectora, una cosa es el perdón de la sociedad ante un culpable que confiesa su culpa, como se ha hecho en Colombia ante las actuaciones delictivas de sus FFAA -y también, por cierto, de la guerrilla- bajo el concepto de “Justicia restaurativa”, y otra muy distinta es la clemencia con quienes no se han arrepentido nunca de sus actos y han ocultado sistemáticamente las torturas, violaciones, secuestro de niños/as y desapariciones de ciudadanos y ciudadanas, como es el caso de los militares uruguayos -o argentinos, brasileños o chilenos-. Y este es, sin duda, el gran “pero” a la propuesta de perdón de Pepe Mujica. Lo poco que se sabe de las desapariciones de personas en Uruguay se debe a la admirable labor investigativa de instituciones como la “Fiscalía de Delitos de Lesa Humanidad”, y no a confesiones de los militares.

Así que, como me escribió otra lectora: “¿Por qué sentir magnanimidad para quiénes no han mostrado ni asomo de piedad, de humanidad por sus víctimas y sus familias?” O como me expresó otra persona: “No se trata de un deseo de venganza. Se trata de respetar la justicia. Alguien en uso de sus facultades intelectuales, si no muestra arrepentimiento ni intención de reparar el daño, debe cumplir su condena tal y como se establezca en un Código Penal aprobado en democracia”. Y apostilló: “La clemencia, si acaso, solo debería contemplarse por motivos de salud”.

En fin, y saliéndome un poco del tema, una lectora me hace notar lo mucho que queda por hacer para normalizar la relación entre las FFAA y la sociedad uruguaya: “En las academias militares -afirma- se sigue enseñando la animadversión a toda expresión reivindicativa popular, sin que la democracia y el respeto a esas expresiones legítimas y necesarias de la ciudadanía parezca haber entrado en los cuarteles.

Después de este recorrido por los escritos recibidos, dos conclusiones parecen incuestionables. La primera, que mientras es admirable que las víctimas otorguen su perdón al delincuente y se muestren favorables a la clemencia, las sociedades democráticas, deben exigir que se cumplan las leyes aprobadas y que los delincuentes cumplan con la pena que les corresponda y en la forma en que las leyes establezcan. Y la segunda: que en ningún caso -salvo, tal vez, por motivos de salud- deben aplicarse medidas de clemencia a quienes no muestren arrepentimiento y se nieguen a colaborar con la justicia para desvelar los delitos cometidos y los lugares donde se encuentran los cuerpos de las víctimas. Por tanto, la votación en un Parlamento sobre una hipotética ampliación de los beneficios penitenciarios a los militares condenados por delitos agravados al régimen de “casa por cárcel” debe ser un rotundo “no”.

Eso, al menos, dicta la razón. Y sin embargo… ¿qué quieren que les diga?, si dejo que se expresen los sentimientos, confieso que me gustaría que la sociedad fuese capaz de seguir al Pepe Mujica en su propuesta, que se dejase llevar por su espíritu compasivo y que votase a favor de la clemencia -nunca del olvido-. Pido humildemente perdón por ese deseo a quienes no comparten esa visión. Y, ¿quién sabe?, hasta puede que algunos de los milicos condenados, ante un gesto así, se arrepientan y confiesen los horrores cometidos. Sería una gran liberación para los familiares de las víctimas, para la sociedad en general y, sobre todo, para ellos mismos.